Camino de Santiago en bici invernal. ene93

Hace unas semanas volví a recorrer, esta vez a la carrera con Arancha, la primera etapa del camino jacobeo en España, de Roncesvalles a Zubiri. Lo pasamos bomba, pero por cierto que pensando con la cabeza (¿qué bobada, verdad?) no debí hacerlo. Salí a correr ya lesionado, y completar la media maratón de montaña a todo trapo con una lesión abierta estuvo muy cerca de ser lo más tonto que hice en mi vida. No lo es, tranquilos, las hice mucha más estúpidas aún…donde va a parar 🙂

La penitencia han sido varias semanas de desgarro y fuertes dolores en los tendones de gemelo y sóleo derecho, más no poder compartir en 08 tres bonitas carreras que ya visité otros años: CSIC, Retiro y BBVA. A cambio, estas semanas paradito y rumiante -“mea culpa, mea culpa…” – me han traído a la memoria la primera vez que llegué a Roncesvalles como peregrino. Hace ya más de 15 años.

Era el 22 de enero de 1993 cuando mi bici y yo bajamos del autobús de la Roncalesa que nos trajo de Pamplona, alcanzada en tren desde Madrid. Por delante, 800k aprox de pedales bajo cero hasta Santiago, sin más compañía que un cuaderno de viaje y mucha, mucha escarcha.

La Cruz de Ferro en Foncebadón (León) a pleno mediodía de Enero.

Era aún el camino pre-masivo, que estallaría unos meses despues en Julio del 93. Así que quizás tuve la suerte de compartir la ruta con los últimos mohicanos que marchaban siguiendo a sólas la Vía Láctea. Aún yendo en bici de montaña -una rareza entonces- apenas pasé a una decena de peregrinos a pie en todo mi largo y gélido viaje hasta el apóstol. Y cada peregrino de ese feroz invierno, un personaje fascinante.

Refugio Mansilla de las Mulas (León), con Javi, Alfredo y Jero.

El camino entonces era bastante intrépido, quizás más auténtico por más incómodo y agreste: Me alojé peregrino en el seminario de Burgos, con duchas de agua fría exclusivamente. (Burgos, enero…) Oí a los monjes de Samos, sólo entre cien literas a oscuras, cantar gregoriano a medianoche. En el León profundo dormí en un albergue vacío con el saco en la cocina y toda la noche puestos los fuegos. Aún asi, la cantimplora amaneció helada. Ahhh! La aventura 😉

El Acebo, a mitad del descenso más divertido y peligroso de mi camino.

Asi que, hoy que sigo mirando a mis zapas paradas un día más, he querido sacar estos recuerdos del desván para compartir con todos los que habeis/hemos sido peregrinos. Creo que para casi todos los que seguimos esas estrellas, desde los druidas celtas de antaño a los jubilados franceses de hoy, sigue siendo un camino especial. Pues pasa por nosotros, antes que nosotros por él.
Hoy me arranca una sonrisa especial ojear otra vez la credencial, sello a sello, de ese viaje: Cada sello una imagen, un olor, unos ojos: mesonera, hospitalero, guardia civil, cura, boticaria…todos ellos siguen conmigo en cierto modo.

Imagen publicada en la revista Tribuna de 1feb93 (Foto: Víctor echave)
Como me dijo uno de esos locos compañeros del invierno del 93, pamplonica él :
“Que tu camino sea un camino de luz”

PD: Al acabar el Camino, en aquella prehistoria donde no existían internet ni los blogs; y quizás ni siquiera se había inventado el motor de vapor, tuve que ir a cumplir con la mili. Y allí tuve tiempo de sobra para escribir mis recuerdos. Si alguno le apetece leerlos, aquí los podeis encontrar, tal como los puse entonces, escribiendo vestido de caqui y con el pelo al cero 🙂
Curioso, esa crónica mía del camino ganó un premio literario, hace ya tantos años…

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